A partir de esta actividad pensaremos la Identidad

IDENTIDAD

Parte 1: Identidad y cultura

Para empezar, piensen y contesten la siguiente pregunta

1) ¿Qué es para ustedes la identidad? ¿Qué rasgos definen su propia identidad?

2) Busquen en internet la definición de identidad que aparece en la Ley de Identidad de Genero (Ley 26.743)

3) Leamos entre todos el siguiente artículo llamado “Mi cabello, mi corona” y luego respondan las preguntas que se encuentran a continuación.

 

Mi cabello Mi corona

madre-e-hija

Illari quiere llevar el pelo suelto a la escuela. Ha insistido por meses y yo finalmente, sin más armas y sin más excusas he accedido. Ha sido un ejercicio mental, un ejercicio de identidad y un triunfo para mi alma. Confieso que no ha sido fácil. Confieso que a pesar de mis tantos y tantos años con mi cabello natural, de mis tantos años como activista y mis luchas por la aceptación y revaloración de nuestras características físicas, ver a mi hija con su cabello suelto, no acababa de tener una forma correcta en mi cabeza. Ha sido una aventura lidiar con la idea de que mi hija lleve su cabello suelto y lo más importante, aprender a gustar de él.  

 

Para ella sin embargo, ha llegado naturalmente. Ella ha crecido rodeada de mujeres que valoran y aman su cabello, incluyéndome a mí misma y a su hermana mayor. A sus ocho años, le ha tocado vivir la mayor parte de su vida en Brasil, en donde nuestra vida transcurrió alrededor del movimiento de mujeres negras y ha sido común para ella ver todas esas mujeres que ya se han apropiado de su imagen y lucen sus cabellos sueltos en una especie de rebeldía como quien canta himnos y grita consignas de identidad.

En nuestra casa, a ella nunca le ha tocado vivir los conocidos rituales de alisamiento y estiramiento del cabello. Nunca le tocó experimentar ni sentir ese olor producido por el cabello que se quema,  o esos olores amoníacos que a menudo vienen del proceso de alisar nuestros cabellos.

Ella solo quiere llevarlo suelto como sus compañeritas de  escuela, con la conciencia plena de que es diferente pero naturalmente hermoso, naturalmente suyo.

Para nosotras, sin embargo, el cabello continúa siendo un lento proceso de aceptación, de amor propio, de reconocimiento y autoestima. Habiendo vivido y visitado diversos países del continente africano, puedo incluir en mi observación contextos africanos, en donde también el cabello tratado con químicos, es una parte casi natural de la cotidianidad de muchas mujeres.

Y es que la historia de nuestro cabello continúa siendo una historia más de desnaturalización, opresión y  deshumanización. Es que alrededor de nuestro cabello, así como alrededor de los cuerpos de las mujeres negras, se dio un proceso de desnaturalización y descalificación. Y lo que es a peor  es que así como se nos hizo creer, que entre más oscura es la piel más primitivos o animalizados son los comportamientos; se nos convenció de que entre más oscura la piel, mas “duro” y feo es el cabello.

Nos convencieron de que nuestro cabello, no era lo suficientemente bueno, ni lo suficientemente hermoso. Nos indujeron a pensar que lo “natural” era llevar el cabello químicamente tratado y que nuestro cabello era inapropiado para ciertos contextos y por tal razón debía ser sometido al trauma de los peines candentes que lo estiraban, o a poderosos químicos o a cualquier otra forma que permitiera convertirlo en algo apropiado para ser presentado y presentable ante los otros.

 

Cómo nos convertimos en esto  

Nuestra infancia transcurrió con el deseo de tener cabellos largos y lacios. Todas las princesas de los cuentos siempre tuvieron cabellos  ¨largos, lacios y sedosos”.  La Bella durmiente, Cenicienta, Ariel, Pocahontas, Rapunzel y otras tenían en común sus “hermosos cabellos”. Cuando niñas también aprendimos a querer ser princesas, entre otras cosas porque sabíamos que los príncipes se quieren casar con ellas. El cabello largo además, ha sido asociado históricamente con feminidad y porque no decirlo, con sexapil.

Esas eran las imágenes de mujeres hermosas que nos construyeron y que construimos. Nuestra ausencia en la televisión, en la publicidad y en la calle, en los libros e imágenes en la escuela así como la ausencia de imágenes positivas que nos reflejaran y con las cuales pudiéramos sentirnos identificadas fueron una constante durante nuestra infancia. No logramos encontrar mujeres que se nos asemejaran para convertirlas en nuestros modelos. Por el contrario, la gran mayoría de las imágenes que pudimos ver, por ejemplo en las telenovelas, representaban roles e imágenes negativas y subordinadas que nunca constituyeron algún rol digno de ser emulado.

Recuerdo claramente las tardes de juegos entre hermanas y amigas, en que jugábamos de ser señoras de alta alcurnia que llevaban cabellos largos. También jugábamos de “muchachas” hermosas que tenían largas y rubias cabelleras.  Entonces nosotras solíamos colocarnos toallas sobre la cabeza para asemejar esos cabellos largos y caminábamos hablando con tono novelesco.

Recuerdo las sesiones de tías, primas y amigas en donde entre cafés y sopas de abuelas se discutieron características y se hicieron comparaciones entre los cabellos de las unas y de las otras utilizando adjetivos negativos para los cabellos más crespos y otros adjetivos más benévolos para los menos crespos o más suaves. Nosotras también debimos escuchar eso del “pelo bueno” para la prima con el padre o la madre no negras y la “suerte” de tener ese cabello “bueno”, implicando automáticamente la desdicha de quienes no lo teníamos. Cuantas veces no escuchamos entre plática y plática,  sobre el trabajo que daba peinar nuestro cabello y el no poder esperar a que llegara la edad necesaria para alisarlo y de esa forma, pudiéramos hacernos cargo de nuestro propio cabello.

De niña recuerdo haber derramado muchas lágrimas en esas sesiones de peinados. No existían entonces esos productos para facilitar el peinado, y de haber existido, no llegaban a nuestros países. A pesar de terminar con los ojos jalados hacia arriba, por lo fuerte que eran apretadas esas trenzas,  los resultados de esas sesiones solían ser maravillosos. Obras de arte florecían de ese esfuerzo en las cabecitas de las niñas negras. Al final, a pesar de las lágrimas, el premio eran niñas felices luciendo adornados y relucientes peinados que duraban una, dos o más semanas hasta la nueva sesión.

La pubertad fue el momento en donde, casi como un rito de pasaje, madres, tías o abuelas consideraron como el momento oportuno para alisar nuestro cabello, alivianar el trabajo y entregarnos, casi como un pergamino, la responsabilidad y el control de nuestros cabellos. El mensaje era claro: ya eres una mujer y entonces te paso esta carga, un poco más liviana,  pero a partir de ahora tu cabello es tu responsabilidad, y como toda una señorita, deberás llevarlo con formalidad y dignidad. En el fondo no las culpo, solo repetían patrones, fue lo que aprendieron, lo esperado, lo obvio, lo asumido.

Este procedimiento de alisado para mí siempre fue una tortura. Ese olor amoníaco siempre me resultó repulsivo, además de que nunca conseguía aguantar el tiempo necesario con la crema en mi cabeza. El cuero cabelludo empezaba a quemarme y sin previo aviso, corría a lavarlo haciéndome merecedora del enojo de la peinadora, y los reclamos del resto de las presentes, porque entonces los resultados no serían los esperados. Cuantas veces no terminé con quemadas en la frente, en la nuca o en el cráneo que solo consiguieron convencerme de que eso no era para mí. Porque aparte de cualquier nivel de conciencia, la verdad es que nunca me gustó,  era incómodo,  desagradable y requería de un mantenimiento que yo no estaba dispuesta a darle. Recuerdo el cargo de conciencia por meterme al mar o a las piscinas, porque después del trabajo que daba el peinado, el cabello no debía mojarse. El mantenimiento siempre fue tedioso, sin embargo yo entendía, que era eso lo que había que hacer, era lo ¨necesario¨. Era un requerimiento para entrar en la adultez dignamente, y aunque las cosas han cambiado un poco, continúa siendo necesario hoy.

A pesar de los cambios, hoy es más común que antes observar niñas llevar el cabello químicamente tratado y muchas  madres colocan esos productos en las niñas  desde los tres o cuatro años. El fin de semana de muchas mujeres está determinado por el ritual ineludible del salón de belleza. Y aunque entiendo que en muchos casos esta rutina puede resultar terapéutica, ahí se gastan hasta seis horas de su día libre entre peinadoras, alisados y peinados como un requisito necesario para vivir una vida presentable y digna.

Eso fue lo que aprendimos desde siempre. Porque cuando las mujeres negras llevan su cabello crespo libremente, esta “desarreglado”,  “despeinado” y es “informal”. Muchas de estas mujeres justifican su decisión y la negativa de volver al cabello natural en función de sus trabajos, en función del sistema que no las acepta,  en función de la dificultad de manejarlo y en la informalidad que representa. Estas mujeres quieren triunfar y según ellas, su cabello en estado natural no les favorece. Y reconociendo el derecho de cada persona de llevar su cabello de la forma que mejor le parezca, lo interesante es que estas mujeres no logran establecer ninguna relación con autoestima o estándares de belleza, o con un sistema de dominación que nos ha condicionado para responder a patrones idealizados y completamente ajenos a nuestras características físicas.

Luego de la experiencia fallida del alisado, me embarqué en la moda de las trenzas largas reforzadas con extensiones. A pesar de que me gustaba el resultado, tampoco funcionó por mucho tiempo. Cada sesión de trenzado terminó en dolores de cabeza insoportables que ameritaron hasta el uso de analgésicos por dos o tres días para aliviar la tortura. La verdad es que nunca me sentí realmente cómoda. Creo que influyó también el hecho de que nunca fui lo suficientemente vanidosa como para dedicar el tiempo necesario en esos menesteres.

La lista no acaba ahí, luego vinieron el cabello sintético (o humano) adherido al nuestro para asemejar cabellos largos, y las pelucas lacias que desde que recuerdo han sido parte del guardarropa de las tías, vecinas y las señoras que veía en la Iglesia cuando crecía.

Jpeg

Mi cabello, naturalmente mío

Un día cualquiera, y después de llevarlo corto por algún tiempo, decidí dejar crecer mi cabello libremente. Mi decisión estuvo basada en un tema de comodidad. Quería dejar de pensar en mi cabello como una carga, quería vivir mi vida más livianamente y dejar mi cabello en paz. Fue entonces que decidí usar ¨dreadlocks¨ (rastas). Esta decisión no fue el resultado de ninguna convicción o manifiesto político alguno, fue solamente el intento por una forma naturalmente hermosa y fácil. Sabía sin embargo, y como no saberlo, que la mejor forma de llevar el cabello es su estado natural, pero a pesar de lo anterior, el proceso no fue fácil. Eso no tuvo necesariamente que ver con mi cabello, más bien, tuvo que ver con fuerzas externas que se empeñaban en convencerme de que esa no era la decisión correcta. Amigos cercanos e incluso familia cuestionaron mi decisión. Incontables fueron las veces en las que recibí los irrespetuosos ¨¿cuándo vas a hacer algo con ese pelo?¨ o el clásico ¨ese pelo parece un nido de ratas¨ etc. Debo admitir que aun para mí, hubo momentos en que tuve que volver a hacer las paces con la imagen que me encontraba en el espejo. Estaba tan acostumbrada a mirar esa imagen a través del cristal que otros habían construido sobre mí, que no siempre fue fácil. Con el inicio del proceso, también continuaba un camino de amar mi cabello de la forma como me fue entregado. Un proceso con el cual yo ya estaba comprometida, pero que mi entorno no necesariamente apoyaba.

¿Cuándo fue que convertimos nuestro cabello en un instrumento de batalla? ¿Cuándo fue que nuestro cuerpo empezó a ser tratado como un arma o como un instrumento de reivindicación? ¿Cuándo fue que comenzamos a defendernos y a construir mecanismos para recuperar algo que siempre debió pertenecernos? Y es que a pesar de saber de memoria las respuestas a estas preguntas, no deja de ser difícil hacer la paz con este proceso que hoy continúa lastimando y castigando los cuerpos de las mujeres negras. Se nos arrebató la posesión de nuestros propios cuerpos, se nos negó la posibilidad de simplemente Ser.  Esas violencias contra la imagen física de las mujeres negras llevaron a la des-personificación y a la ¨cosificación¨ de nuestros cuerpos, y hoy irónicamente, tenemos que defender y reivindicar el uso de nuestro cabello en su estado natural. Resulta que llevar nuestro cabello natural es un acto ¨político¨.

Entiendo sin embargo, que todo esto va mucho más allá de nuestro cabello. Se trata del camino que nosotras, mujeres negras, estamos recorriendo hacia nosotras mismas, hacia la develación de nuestra propia verdad. Se trata de establecer y reconocer patrones diferentes de belleza, de desaprender comportamientos y prácticas que fueron convertidas en ¨normales¨ y que van en contra de nuestra propia naturaleza. Se trata de recorrer el camino al revés y volver a apropiarnos de nuestros propios cuerpos, de nuestra propia imagen, de nuestra propia historia. Es imperativo repensarnos desde una perspectiva propia, desde nuestras diferencias como pueblos.

A menudo Illari lleva el cabello suelto a la escuela. Su insistencia me dejó sin  armas y sin excusas y finalmente accedí, entonces ella orgullosamente lleva su cabello como una corona. Ella acabó por derribar mi miedo al rechazo, porque ella está tan segura de sí misma y de la hermosura de su cabello que nunca tuvo temor. Illari me está enseñando a no temer y hoy estoy segura de que yo también llevo una corona. Mi cabello natural es mi corona.

 

PREGUNTAS

a. El concepto de identidad puede definirse como un conjunto de rasgos propios de un individuo o un grupo que permiten diferenciarlos del resto. También se puede entender como la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás. Teniendo estas definiciones en mente, ¿creen que la identidad de quien relata la historia se modificó a lo largo de su vida? ¿Por qué?

b. ¿Por qué creen que quien escribe el relato llegó a creer que cuando las mujeres negras llevan su cabello crespo libremente, esta “desarreglado”, “despeinado” y es “informal”? ¿Por qué eligió dejar crecer su cabello? ¿Fue fácil ese proceso? ¿Por qué?

c. A partir de la página 62 del libro expliquen que significa que la identidad es una construcción. ¿Cómo influyeron en ella los diferentes ámbitos de socialización?

d. ¿En qué se diferenció la construcción de la identidad de Illari de la de su mamá?

e. A partir de la página 66 respondan: ¿Por qué se critica la idea de tolerar lo diferente? ¿Qué se propone en el libro con respecto a las minorìas étnicas, sexuales, culturales, religiosas, etc?

f. ¿Consideran que hay alguna idea sobre cómo deberían ser o verse ustedes (como la que enfrentaron Ilari y su mamá) que les haya dificultado construir libremente su identidad?

En el siguiente sway están las partes 2 y 3 y la actividad final:

 

 

Fecha: 30/8/2018 | Creado por: Lorena Andrea
Categoria: 3er. trimestre