¿Qué sucedió en este período con los sectores populares movilizados luego del proceso revolucionario?

El problema de los sectores populares en los años `20 y durante el período rosista

Entrevista a Gabriel Di Meglio

"–En 1819 hubo algunos levantamientos de la milicia negra, integrada por negros y pardos, pidiendo lo mismo: “Que nos traten como ciudadanos y no nos manden a pelear afuera, porque nosotros somos de la ciudad”. En ese caso no se definió de manera armada. Hubo una negociación y los desarmaron, pero ellos se levantaron con las armas en la mano. En 1812, hubo varios momentos de convulsión. A Rivadavia, que era secretario del Triunvirato, lo persiguieron en la calle y lo zarandearon pidiéndole que tuviera mano dura contra los enemigos de la revolución. Ese fue el momento de mayor efervescencia colectiva. En los cambios de gobierno de 1815, 1819 y 1820 hubo mucha participación popular. Eso impidió que la elite lograra consensuar un orden, porque había una activación previa. Rosas fue quien entendió esto mejor que nadie.

–¿Por qué?

–En 1829 le dijo a un enviado diplomático uruguayo que él era un hombre de orden, pero que se había dado cuenta de que no se podía gobernar en el Río de la Plata sin tener una ascendencia popular. Por eso se convirtió en un tribuno, una persona que se relacionaba mucho con los sectores más bajos. De hecho, fue el único que logró controlar esa movilización."

La década del ’20 en Buenos Aires

Finalizados los tumultuosos años revolucionarios y reprimido el fallido levantamiento liderado por Pagola y Quintana por las tropas rurales de J. M. de Rosas y Martín Rodríguez, empieza a darse en la provincia bonaerense un proceso de centralización del poder político y reinstauración del orden social.

En este sentido, en 1821, bajo el gobierno de Rodríguez, se proclama la legislación de una nueva ley electoral. Ésta proporcionaba a un amplio número de individuos el derecho al sufragio, realizando restricciones de sexo (las mujeres no podían votar) y edad, pero eliminando las limitaciones relacionadas con el estatus social, el poder económico y la posesión de propiedades para los votantes activos (los pasivos- quienes podían ser elegidos- sí estaban sujetos a esas limitaciones). Esto le confería a los sectores populares tanto de la ciudad como de la campaña bonaerense la posibilidad de elegir a sus diputados para la Sala de Representantes, los cuales, a su vez, elegían al gobernador de la provincia cada tres años. El objetivo ulterior de esta ampliación de la capacidad de sufragar no era una democratización de las prácticas sino, en primer lugar, una legitimación del nuevo orden político centralizado en la figura del gobernador basado en el apoyo de los sectores populares.

Al mismo tiempo, se intentaba canalizar la movilización y creciente politización que los sectores subalternos habían experimentado durante las últimas dos décadas hacia un tipo de participación ordenada y reglamentada por el poder estatal. Este mismo temor a la organización de las clases bajas, y a los sectores de la elite minoritarios que podían aprovechar las ventajas que una reducida participación asamblearia les brindaba, llevó a la abolición ese mismo año de los dos cabildos de Buenos Aires.

Para el historiador Halperín Dongui, la ampliación del sufragio no implicó sin embargo que las decisiones se tomen entre más personas y no cambió demasiado el rumbo de las decisiones que se tomaban.

A partir de la incorporación de estas nuevas prácticas eleccionarias se modificaron también las interrelaciones entre las clases dominantes capaces de acceder a los cargos políticos. Los primeros años de la década del ’20 son testigos, entonces, de una serie de luchas y negociaciones entre los miembros de la elite para lograr una candidatura en las múltiples y diversas listas electorales, carentes de una unidad. Hacia el año 1827, en cambio, la ferocidad que ganó la lucha entre unitarios y federales se vio también en las elecciones porteñas con la toma del poder mediante la fuerza por parte de Lavalle (unitario) en 1828, reemplazando a Dorrego (federal). Esta nueva situación dentro de las elites demostró, para Rosas, la necesidad conformar un sistema de lista única que evitase los conflictos intra-elite. La imposición de este nuevo sistema, sin embargo, no sería alcanzada hasta 1835 al asumir Rosas su segundo mandato como gobernador, esta vez con poderes extraordinarios.

Una vez afirmado Rosas (máximo exponente en este período de la conjugación del político y terrateniente como nueva característica de la elite, pero conservando los rasgos militares propios de las guerras de independencia) en el poder, sin embargo, no tomará medidas en contra del sufragio ampliado instaurado por Rodríguez. Por el contrario, aún más que durante el período anterior, en donde el votante tenía la posibilidad (en la ciudad) de elegir entre más de un candidato sin ser limitado al sistema de lista única, las elecciones son utilizadas por Rosas como método de legitimación del poder provincial. En este sentido, por ejemplo, ratifica su elección como gobernador en 1835 con un plebiscito.

Orden social y adoctrinamiento en el rosismo

El reconocimiento del poder político de las clases bajas por parte de Rosas no se quedaba sólo en su usufructo electoral. Por el contrario, el gobernador temía a esas masas populares y deseaba insertarlas dentro de un naciente mercado laboral en la campaña y en un orden social determinado, por lo que emprendió un proceso de adoctrinamiento sostenido por dos instituciones estatales: el ejército y la justicia. Sin embargo, los designios de Rosas encontraron numerosos obstáculos que llevaron a obtener resultados incompletos e insatisfactorios.

El reclutamiento forzoso de una buena parte de la población, particularmente en la campaña bonaerense, que venía aumentando su número de habitantes, resultó ser un arma de doble filo. La concepción rosista consideraba al ejército como un medio para enseñarle a los “vagos” y “mal entretenidos” de las zonas rurales tanto un respeto por la propiedad privada (la cual, por su parte, se intentaba reglamentar más efectivamente en esos años estableciendo límites más definidos a las propiedades de los terratenientes) y por una “cultura de trabajo”. El objetivo era generar una clase trabajadora que estuviese dispuesta a aceptar su relación de dependencia estable con una elite terrateniente que requería imperantemente mano de obra debido a su escasez en relación con la inmensa cantidad de tierras explotables. Sin embargo, por más que la vida en los cuarteles era dura y se recurría con frecuencia al castigo corporal, las autoridades militares eran complacientes con ciertas conductas que el orden rosista intentaba justamente eliminar. De esta manera, actitudes como el robo o el pillaje no sólo eran toleradas durante el servicio militar sino que en ocasiones, debido a los atrasos en los pagos salariales y el suministro de provisiones, era el único medio por el que los reclutas podían mantenerse. Bajo esta perspectiva, la creación de un sujeto sometido y trabajador se convirtió en, por lo menos, dificultosa. A su vez, la discriminación entre los sujetos que eran reclutados y los que no generó la aglutinación de un determinado grupo de individuos en los cuarteles. Las órdenes rosistas eran muy claras al respecto: durante las levas debían incorporarse miembros del campesinado, jornaleros, trabajadores asalariados y no a cualquier habitante de la campaña.

Al mismo tiempo, la justicia (encarnada en los jueces de paz) se encargaba de realizar el resto de los reclutamientos, imponiendo penas de un mínimo de dos años de servicio en el ejército a aquellos que cometiesen delitos, que podían variar desde la vagancia y el robo hasta las agresiones físicas. En este sentido, la justicia no sólo se ocupaba de mantener el orden persiguiendo a las “clases peligrosas”, sino de adoctrinarlas enviándolas a la escuela de orden social por excelencia en el rosismo: el ejército. El producto de este tipo de diferenciaciones fue, como ya sucedía en las primeras épocas de las milicias, una identificación de un sujeto común, un grupo de pertenencia que se encontraba en clara desventaja en relación con sus oficiales superiores, las elites dominantes y aquellos que eran excusados del servicio militar, es decir, las clases más altas. Esta conciencia de pertenencia a un sector común se tradujo en actitudes de rebeldía hacia el poder jerárquico y una altísima tasa de deserción.

Como se ve, hay una continuidad entre la política de la “feliz experiencia” y la de Rosas en lo que hace al control de la población campesina. Pero a la vez, Rosas se dio cuenta que los paisanos eran los verdaderos pilares del régimen y estableció por eso con ellos una complicada relación de toma y daca. Uno de los factores que ayudó en ese sentido fue la construcción de un amplio consenso a partir de la apelación a la figura del “Buen Federal” como defensor del orden, la propiedad, la religión y las buenas costumbres.

Las masas participaban como actoras en la vida social (de este protagonismo no queda ninguna duda cuando leemos El matadero de Esteban Echeverría). El líder o caudillo encontró— maneras efectivas para comunicarse con esas masas y conformar un imaginario político nuevo, que era distinto al creado por el liberalismo constitucional rivadaviano y los unitarios.

1) ¿Para qué fines se realizó la ampliación del voto de 1821?

2) ¿Fue exitoso en intento de inserción de los sectores populares en el mercado laboral por parte de Rosas?

Fecha: 9/5/2017 | Creado por: Maia
Categoria: 1°TRIMESTRE
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